Cualquier circunstancia es adecuada para la organización de una fiesta, sin embargo, algunas parecen más apropiadas que otras. Una licenciatura, el final de los exámenes o de las vacaciones, o un acontecimiento familiar (boda, bautizo, comunión, etc.) son circunstancias más que propicias para celebrar una fiesta. Sin embargo, el acontecimiento por excelencia que engendra la mayoría de las fiestas es la celebración de un cumpleaños.
Para organizar una fiesta de cumpleaños, no hace falta hacerla coincidir exactamente con el día del aniversario. Lo que sí resulta conveniente es que ya haya pasado la fecha en el calendario, de modo que la excusa resulte suficientemente verosímil como para poder invitar a amigos y parientes, e incluso, provocar que traigan un regalo.
Los días en que mejor se acoge la convocatoria para un festejo son, por razones obvias, las vísperas de festivo, eminentemente, los sábados. Antes de formalizar la convocatoria, y para asegurar una mínima asistencia, hay que tener en cuenta las costumbres vacacionales de los invitados. Si se establece la fecha de celebración en vísperas de Semana Santa o de otra festividad señalada, lo más probable es que la mayoría de tus amigos se encuentren de viaje o en su segunda residencia. Y, concertarla para mediados de verano, puede acarrear un fracaso (a no ser que se celebre en un destino de veraneo).
No es conveniente montar una fiesta el día de la inauguración de las Olimpiadas o el de la final de la copa del mundo fútbol si muchos de los invitados son aficionados al deporte. Del mismo modo, un espectáculo relevante en la ciudad, puede hacer fracasar una celebración: En definitiva, hay que atar todos los cabos para cerciorarse de que puedan acudir la mayoría de los invitados (si luego, no quieren asistir, eso ya es otra cosa).
Salvo para fiestas infantiles o de personas mayores, las últimas horas de la tarde y toda la noche, sin limitaciones constituyen momentos preciosos para la organización de un festejo. La noche tiene un encanto misterioso y bohemio que invita a la desinhibición y la búsqueda de nuevas sensaciones.
La hora de comienzo, por su parte, dependerá tanto de la edad de los participantes, como de la índole de la reunión. Por lo demás, hay que tener en cuenta que la hora de convocatoria puede llevar implícitas determinadas obligaciones. En reuniones que comienzan a las ocho de la noche, los invitados tienden entender que se va a saciar su hambre con unos entremeses. Para eludir esta incómoda expectativa, se deberá retrasar la fiesta, al menos, un par de horas. Si la celebración comienza a las siete de la tarde no será entendible, por su parte, que no se sirva un tentempié mientras los invitados dan cuenta de las primeras copas.